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Tú, yo y 5,270,400 segundos

Dicen que en la antigua Grecia el número dos simbolizaba la dualidad, la unión de opuestos que se complementan: el día y la noche, el alma y el cuerpo, el tú y el yo.  5,270,400 segundos a tu lado  y algo en mí se siente como en casa. Contigo he vuelto a sentir lo bonito que es ser elegida sin tener que esconderme, sin miedo. Amada tal como soy, sin apuro, sin exigencias. Solo tú y yo, en calma. Solo nuestro; suave como un susurro en la madrugada, como un “llegaste” que mi corazón llevaba vidas esperando. Me miras y siento que mi caos tiene sentido. Que mis grietas ya no son defecto, sino un lugar donde florece algo nuevo. Hemos creado un rincón propio en medio del mundo. Uno donde caben tus risas, mis miedos, tus caricias que sanan y mis palabras que a veces tiemblan. Me descubro a mí misma queriéndote con una ternura que me desarma. Con un amor que no grita, pero late fuerte. Que no pide, pero se entrega. A veces me detengo y cierro los ojos. No para pensar en ti, porque y...
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Fuego y amor: Nuestro Hogar

Dicen que el hogar nace del fuego, así como el fuego surge del hogar. Desde siempre han sido inseparables, como tú y yo, como nuestro amor. El fuego puede arder con intensidad, pero en un hogar verdadero abriga, ilumina y da vida. Un hogar es el anhelo profundo de sentirse acogido y amado, un espacio donde las barreras desaparecen y las conexiones se tejen, no solo con los demás, sino también con nosotros mismos. Y cuando encontramos el amor, ese equilibrio nos impulsa a crecer juntos, protegiendo nuestra esencia. Contigo, el fuego se convierte en luz, en una llama que ilumina mi camino. Eres el hogar donde mis inquietudes encuentran paz, donde mi alma se siente acogida. A tu lado, descubro que el amor no es solo pasión que arde, sino también refugio, el lugar donde cada emoción encuentra su sitio. El fuego es transformación, fuerza, pasión y renacer. Es la chispa que enciende nuestros sueños, el calor que nos sostiene, la energía que nos impulsa a seguir. En el hogar, el fuego no solo...

Girasoles en diciembre

Algunas historias nos marcan en ciertos momentos del calendario. En el mío, tengo grabada la semana de tu llegada a mi vida. Un 18 de diciembre de 2024, un día que se siente beige: suave y equilibrado, sereno y natural, sencillo y auténtico, pero con una energía sutil, como el sol filtrándose entre las hojas. Tus ojos y tu alma me susurraban curiosidad y cercanía; eras una brisa de primavera envuelta en girasoles, de esas que acarician el alma y dejan una huella imposible de borrar. Desde ese día, tu presencia fue un eco en mi pecho, una pregunta sin respuesta, un abismo infinito que me invitaba a saltar sin miedo. En ese entonces, yo sí tenía miedo. Miedo de mí misma, de todo lo que sentía y no comprendía del todo, como si el amor fuera un idioma desconocido que solo podía aprender a través de ti. Pero el tiempo pasó, y en cada uno de nuestros encuentros fui viendo la luz que iluminaba mi camino, esa que disolvía tinieblas e incertidumbres, hasta que un día, sin darme cuenta, te vi a ...

La promesa de tu nombre

Dicen que los nombres tienen una energía secreta, una vibración que trasciende el simple hecho de ser un sonido. Que en cada letra se esconde una historia que ya estaba escrita mucho antes de que llegáramos a este mundo. El tuyo es como un eco lejano, una melodía suave que mi alma ya reconocía, una promesa sutil que mi corazón había estado esperando sin saberlo. Porque, a veces, los nombres nos llegan antes que las personas. Nos susurran en sueños o se cuelan en la brisa del destino, como un presagio que se queda en el aire, esperando ser descubierto. Y cuando por fin te tengo frente a mí, no puedo evitar sonreír, porque sé que todo esto no es una casualidad.  Tu nombre ya existía, como una promesa antes de convertirse en certeza. Es un nombre que resuena con fuerza y nobleza, un nombre que lleva consigo la promesa de valentía y sabiduría. Proviene de un antiguo origen, que evoca imágenes de un alma libre y decidida, como el viento que se alza sin restricciones ni miedos. En tu nom...

El visitante de las sombras

Con un sol de verano y una rutina meticulosamente estructurada, mi cuerpo decidió desencajar lo perfecto. Visión borrosa, un temblor recorría mi cuerpo como efecto secundario del tratamiento. Posponía la alarma una y otra vez, aferrándome a la tibieza de mis párpados cerrados, intentando prolongar la calma. Anhelaba despertar en la calma de mi habitación, pero sentía la llegada de un visitante que no toca la puerta, llega cuando quiere y donde menos lo esperas. No importa si el sol brilla o si la noche es tranquila, cuando llega no sigue reglas. Puede encontrarte en medio de una conversación, en un café, en una reunión o en la soledad de tu habitación. No entiende de tiempos ni de lugares, no necesita una razón evidente; a veces, basta con un pensamiento, un recuerdo o incluso el silencio para despertarla. Dicho visitante es conocida como una respuesta natural del cuerpo ante situaciones de estrés, peligro o incertidumbre. Es una sensación de inquietud, miedo o preocupación que puede m...

El silencio en la raíz

Darnos cuenta que somos flores es doloroso. Para nacer hay que comenzar ocultos bajo la tierra, como una semilla, a la espera ¿de qué?, de un poco de agua, calor del sol a través del suelo o quizás un milagro. Sacas raíces donde nadie las ve, con todas tus fuerzas, por si somos arrancados de raíz mil veces y quede algo para volver a crecer. De esto se trata la vida, de permitirnos comenzar de nuevo las veces que sea necesarias, aunque eso implique arrancarse las hojas uno mismo, pero mientras tengamos nuestra raíz, llamada alma, nada es imposible. 

Lo blanco y una máscara

Aquel quinto día del mes era santa Águeda, consagrada y virgen, perseguida y torturada; y yo estoy a las 9 de la mañana esperando la apertura de aquella puerta, en donde no nos conocemos. Ella psiquiatra, yo paciente, solo primer nombre y roles estaban identificados, un lugar en común, su trabajo y mi segunda búsqueda de salvación. Una de ellas carga con el peso de sus sombras y la otra, ofrece un faro de comprensión. No es un lazo de intimidad común, sino una conexión tejida desde la valentía de mostrarse vulnerable y la paciencia de escuchar sin juicio.  Mientras el reloj avanza, pienso en la paradoja de la espera: aquí estoy, buscando salvarme de mis propias sombras, mientras afuera el mundo sigue indiferente. Su mirada me desarma, cargada de un análisis silencioso, mientras asiente con la cabeza, como si ya conociera todas mis movimientos. Quizás de cuantas personas más ha escuchado lo mismo una y otra vez en esta dichosa sala blanca.  "Necesito orientación y ayuda", digo...