Aquel quinto día del mes era santa Águeda, consagrada y virgen, perseguida y torturada; y yo estoy a las 9 de la mañana esperando la apertura de aquella puerta, en donde no nos conocemos. Ella psiquiatra, yo paciente, solo primer nombre y roles estaban identificados, un lugar en común, su trabajo y mi segunda búsqueda de salvación.
Una de ellas carga con el peso de sus sombras y la otra, ofrece un faro de comprensión. No es un lazo de intimidad común, sino una conexión tejida desde la valentía de mostrarse vulnerable y la paciencia de escuchar sin juicio. Mientras el reloj avanza, pienso en la paradoja de la espera: aquí estoy, buscando salvarme de mis propias sombras, mientras afuera el mundo sigue indiferente. Su mirada me desarma, cargada de un análisis silencioso, mientras asiente con la cabeza, como si ya conociera todas mis movimientos. Quizás de cuantas personas más ha escuchado lo mismo una y otra vez en esta dichosa sala blanca.
"Necesito orientación y ayuda", digo. Ayuda, una palabra que se ha vuelto refugio y ruina. La he pronunciado tantas veces que ya no sé si tiene sentido, pero nadie ha sabido escucharla. Quizá nunca grité lo suficiente o el mundo simplemente no quiso detenerse. Tal vez el problema no es que nadie me escuche, sino que nadie me crea. He pulido mi máscara hasta volverla irrompible, y ahora cargo con el peso de ser invulnerable. Camino como si el mundo no doliera, mientras por dentro me desplomo, pétalo a pétalo, perdiéndome en el abismo de lo que nunca digo. A veces me pregunto si queda algo real bajo esta piel de mentira o si mi alma también se ha rendido al olvido.
En dicho cuarto blanco menciono que estoy obligada a estar en cuatro paredes ante un médico que me consuela diciendo: "con esto estarás mejor", lanzando frases cortas, que en mi mente siempre culminan en un 'no lo sé', mientras sostengo la máscara que el momento exige, no por obligación, sino por sobrevivencia, por miedos, para cuidar algo de mi. Y sales con un par de hojas, una receta médica, una ayuda temporal, en donde la mente invita a abusar de su consumo y terminar conmigo rápidamente.
Sigo sin encontrarle un sentido a la vida, al mundo; ¿habrá alguna diferencia si adelanto mi partida?. Quizás me llorarán por unos días o meses, y pasaré a ser un simple recuerdo. Quizás mi nombre dejará de ser susurrado de algunas bocas con un buen o mal comentario, ya no sería un motivo de conversación, una anécdota del pasado, una experiencia, una melancolía constante.
Saliendo del cuarto blanco, pienso que, la constancia impuesta florece la disciplina elegida, en donde la obligación actúa como el primer paso para crear una estructura en la vida, algo que, aunque inicialmente se percibe como un peso, con el tiempo se convierte en un acto consciente y liberador. O eso dicen. Y a lo largo de la vida, el deber te empuja hacia adelante, hasta que el alma, anhelante de libertad, te muestra otro camino.
A lo mejor esa obligación es mi único impulso. Aunque el temor a la oscuridad eterna y que mi alma pague por la cobardía y comodidad de cerrar los ojos eternamente me da pánico. En fin de cuentas, nada cambiaría, mas que un terrible pesar a mi alma, reencarnar y volver a vivir desde el dolor.
