Algunas historias nos marcan en ciertos momentos del calendario. En el mío, tengo grabada la semana de tu llegada a mi vida. Un 18 de diciembre de 2024, un día que se siente beige: suave y equilibrado, sereno y natural, sencillo y auténtico, pero con una energía sutil, como el sol filtrándose entre las hojas. Tus ojos y tu alma me susurraban curiosidad y cercanía; eras una brisa de primavera envuelta en girasoles, de esas que acarician el alma y dejan una huella imposible de borrar. Desde ese día, tu presencia fue un eco en mi pecho, una pregunta sin respuesta, un abismo infinito que me invitaba a saltar sin miedo.
En ese entonces, yo sí tenía miedo. Miedo de mí misma, de todo lo que sentía y no comprendía del todo, como si el amor fuera un idioma desconocido que solo podía aprender a través de ti. Pero el tiempo pasó, y en cada uno de nuestros encuentros fui viendo la luz que iluminaba mi camino, esa que disolvía tinieblas e incertidumbres, hasta que un día, sin darme cuenta, te vi a través de la ventana de mis propios muros. Y entendí que no tenía que derribarlos sola.
Cada fibra de ti me envolvía, convirtiendo tu ser en un refugio, en un lugar que existía para los dos. Y entonces llegó ese 20 de febrero, un día suspendido entre nubes y calor lupa, entre el nervio y la certeza. Entre las 2 y las 3 de la tarde, cuando el aire ardía pero el cielo seguía nublado, nuestras miradas se encontraron en el filo de la espera. Nos miramos, con el alma temblando. No hubo palabras, solo la distancia derritiéndose entre nosotros.
Y cuando tus labios tocaron los míos, el mundo se encendió en fuegos artificiales, pero dentro de mí todo se aquietó. Fue un beso cálido, nervioso, un punto de no retorno. Un instante que se grabó en mi piel como el sol en una tarde de verano, como una melodía que supe reconocer aun antes de haberla escuchado.
Desde entonces, cada día a tu lado es un nuevo compás en la melodía que comenzamos sin darnos cuenta. Eres el equilibrio entre la calma y la intensidad, la certeza en medio de todas mis dudas. Ya no temo al amor ni a sus misterios, porque en ti encontré la respuesta sin necesidad de hacer la pregunta.
Nos hemos convertido en un hogar mutuo, en un refugio construido con miradas, silencios y caricias. Y aunque el tiempo siga su curso y el mundo cambie a su propio ritmo, sé que siempre habrá un instante, un latido suspendido en el aire de aquella tarde, recordándome que el amor verdadero no pide permiso, simplemente sucede.
Porque amarte no es un destino ni una certeza estática, sino un universo en movimiento, un cielo en el que cada día descubro una nueva forma de abrazarte.
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Para Bairon Marticorena, eres el destino que mi alma siempre soñó, y cada pétalo es una declaración de amor para ti.
