Darnos cuenta que somos flores es doloroso. Para nacer hay que comenzar ocultos bajo la tierra, como una semilla, a la espera ¿de qué?, de un poco de agua, calor del sol a través del suelo o quizás un milagro. Sacas raíces donde nadie las ve, con todas tus fuerzas, por si somos arrancados de raíz mil veces y quede algo para volver a crecer. De esto se trata la vida, de permitirnos comenzar de nuevo las veces que sea necesarias, aunque eso implique arrancarse las hojas uno mismo, pero mientras tengamos nuestra raíz, llamada alma, nada es imposible.
Algunas historias nos marcan en ciertos momentos del calendario. En el mío, tengo grabada la semana de tu llegada a mi vida. Un 18 de diciembre de 2024, un día que se siente beige: suave y equilibrado, sereno y natural, sencillo y auténtico, pero con una energía sutil, como el sol filtrándose entre las hojas. Tus ojos y tu alma me susurraban curiosidad y cercanía; eras una brisa de primavera envuelta en girasoles, de esas que acarician el alma y dejan una huella imposible de borrar. Desde ese día, tu presencia fue un eco en mi pecho, una pregunta sin respuesta, un abismo infinito que me invitaba a saltar sin miedo. En ese entonces, yo sí tenía miedo. Miedo de mí misma, de todo lo que sentía y no comprendía del todo, como si el amor fuera un idioma desconocido que solo podía aprender a través de ti. Pero el tiempo pasó, y en cada uno de nuestros encuentros fui viendo la luz que iluminaba mi camino, esa que disolvía tinieblas e incertidumbres, hasta que un día, sin darme cuenta, te vi a ...