Darnos cuenta que somos flores es doloroso. Para nacer hay que comenzar ocultos bajo la tierra, como una semilla, a la espera ¿de qué?, de un poco de agua, calor del sol a través del suelo o quizás un milagro. Sacas raíces donde nadie las ve, con todas tus fuerzas, por si somos arrancados de raíz mil veces y quede algo para volver a crecer. De esto se trata la vida, de permitirnos comenzar de nuevo las veces que sea necesarias, aunque eso implique arrancarse las hojas uno mismo, pero mientras tengamos nuestra raíz, llamada alma, nada es imposible.
Dicen que en la antigua Grecia el número dos simbolizaba la dualidad, la unión de opuestos que se complementan: el día y la noche, el alma y el cuerpo, el tú y el yo. 5,270,400 segundos a tu lado y algo en mí se siente como en casa. Contigo he vuelto a sentir lo bonito que es ser elegida sin tener que esconderme, sin miedo. Amada tal como soy, sin apuro, sin exigencias. Solo tú y yo, en calma. Solo nuestro; suave como un susurro en la madrugada, como un “llegaste” que mi corazón llevaba vidas esperando. Me miras y siento que mi caos tiene sentido. Que mis grietas ya no son defecto, sino un lugar donde florece algo nuevo. Hemos creado un rincón propio en medio del mundo. Uno donde caben tus risas, mis miedos, tus caricias que sanan y mis palabras que a veces tiemblan. Me descubro a mí misma queriéndote con una ternura que me desarma. Con un amor que no grita, pero late fuerte. Que no pide, pero se entrega. A veces me detengo y cierro los ojos. No para pensar en ti, porque y...