Con un sol de verano y una rutina meticulosamente estructurada, mi cuerpo decidió desencajar lo perfecto. Visión borrosa, un temblor recorría mi cuerpo como efecto secundario del tratamiento. Posponía la alarma una y otra vez, aferrándome a la tibieza de mis párpados cerrados, intentando prolongar la calma.
Anhelaba despertar en la calma de mi habitación, pero sentía la llegada de un visitante que no toca la puerta, llega cuando quiere y donde menos lo esperas. No importa si el sol brilla o si la noche es tranquila, cuando llega no sigue reglas. Puede encontrarte en medio de una conversación, en un café, en una reunión o en la soledad de tu habitación. No entiende de tiempos ni de lugares, no necesita una razón evidente; a veces, basta con un pensamiento, un recuerdo o incluso el silencio para despertarla.
Dicho visitante es conocida como una respuesta natural del cuerpo ante situaciones de estrés, peligro o incertidumbre. Es una sensación de inquietud, miedo o preocupación que puede manifestarse tanto a nivel emocional como físico. En pequeñas dosis, puede ser útil, ya que nos mantiene alerta y preparados para afrontar desafíos. Sin embargo, cuando se vuelve constante o excesiva, puede interferir con la vida diaria y generar un malestar significativo.
Le abres la puerta para tocar tu mente y cuerpo, permites que cruce el umbral de tu casa porque, de algún modo, te resulta familiar. Es un visitante conocido, aunque desgastante e invasivo. Con su llegada, las heridas se abren y los sentimientos negativos resurgen, recordándote que nunca se fue del todo.
Su visita es aterradora, porque llega acompañado de la autodestrucción, una tormenta descontrolada qué arrasa sin piedad, devorando todo a su paso. Esto se alimenta de mis partes más oscuras, de esas sombras que van transformándose en algo de lo que tengo miedo; en donde pierdo la dirección para seguir, sin comprender por qué dejo que esa oscuridad tome el control. Asusta entender que soy cómplice de dicha autodestrucción, en cada rincón de mi ser hay una fuerza latente que me derrumba.
La amenaza proviene de mí misma, y eso da más miedo y ver cómo cada impulso autodestructivo se convierte en un eco que me recuerda que, en ocasiones, el mayor enemigo soy yo.
Sin embargo, en el eco del caos surge una tenue llama de esperanza. A pesar de la tormenta y de la autodestrucción que me arrastra, algo en mi interior se rehúsa a extinguirse. Cada cicatriz, cada herida abierta por este visitante incesante, me recuerda que en mi vulnerabilidad también reside la semilla del cambio. En el cruce de mis sombras y luces, descubro una fuerza silenciosa que me impulsa a reconstruir lo que se ha roto. Es en el silencio posterior a la tormenta, en esos instantes donde la calma parece reaparecer, cuando encuentro la oportunidad de redescubrirme, de transformar el dolor en un camino hacia un nuevo comienzo. Aunque la amenaza provenga de mí misma, en cada impulso autodestructivo se esconde la invitación a renacer y a reinventar mi esencia.
