Le agradezco y lo detesto. Agradezco que me haya hecho feliz, aunque solo fuera por un instante fugaz. Agradezco haberlo conocido, porque a través de su oscuridad descubrí mis propios límites y enfrenté mis propios miedos. Agradezco haber estado piel con piel, porque en esos breves momentos fuimos completamente honestos con nosotros mismos.
Agradezco tu tiempo, aunque escaso con un crudo invierno de compañía. Prefiero reclamarte, reclamarte que quería estar contigo, reclamarte que esto habría funcionado si tú lo hubieras querido con honestidad de la mano, porque mi corazón estaba dispuesto a todo, lo quería todo contigo. Vidas equivocadas, líneas de tiempo que nunca se unen, destinos que se rozan pero no se encuentran.
Te detesto por seguir inspirando cada unión del abecedario que escribo, por habitar cada palabra que construyo sobre ti, sobre tu alma, sobre un 'nosotros' que nunca fue. Te detesto por hacerme sentir algo por ti a estas alturas del tiempo, por convertirte en anfitrión de mi oscuridad cada vez que llega a mi puerta, ofreciéndome una taza de chocolate caliente, justo como me gusta: al dente, listo para beber, como tu cuerpo con el mío.
Quiero que seas feliz, y me consuela pensar que, de alguna manera, fui parte de tu vida, así como tú lo fuiste de la mía, aunque nunca me quisieras por completo a tu lado. O al menos, eso parecía. Mis sentidos intentan engañarme, susurrándome que volverás a buscarme, aunque sea para un encuentro casual. Porque hoy estaría dispuesta a ti, a desnudarnos otra vez, a sentir tus manos dominándome de todas las formas posibles. Mientras sea contigo, compartiendo la misma cama, el mismo calor, el mismo instante infinito.
A veces siento que aún me miras como la primera vez.
Porque hasta en la penumbra florece hasta lo más hermoso. Donde las palabras renacen, incluso en los momentos de mayor oscuridad. Tal vez, entre el amor y el desamor, hay un rincón para nosotros.
