Hay momentos en donde no hay claridad de mis sentimientos hacia ti. Un día, me consumía la ira, que subía desde la punta de mis pies hasta la fibra capilar, y ¿por qué?, ¿será por la timidez que me genera tu mirada profunda, que junto a tu sonrisa, son una terrible confusión?.
La culpa, la gran culpa y nada más. Culpa por no expresar en voz alta lo que pienso de tu imagen magnética, culpa por protegerme en un intento de por última vez escuchar mi nombre desde tu boca, junto a tu voz profunda que me eriza la piel. Y un poco más de culpa, ya que en algún rincón de mi corazón se siente glorioso de que tus sinceros ojos encuentren los míos bajo cualquier contexto y pretexto, siendo dos extraños, siendo unos completos desconocidos. Cobarde soy por simplemente escribir de ti a través de una pantalla, en el único refugio, aquel espacio reducido que alguna vez fue nuestro. Nuestro escondite.
Preferiría aceptar tu frialdad, tu distanciamiento, tu careta, tu falso amor, pero nuevamente siento que te veo sin capas en el alma, te muestras honesto, directo, a corazón abierto, aunque muy en el fondo hay temas que estarán bajo tierra, como tu y yo y el por qué no hubo un nosotros.
Ahí estás, sonriéndome como siempre y pierdo total conciencia de mi. A través de tu cálida aura me reconfortas falsamente. Dueles y me duele saber que dentro de poco no tendré nada de eso, algunos le llaman obsesión, otros apego, quizás amor desesperado, pero de lo que si estoy segura es que tengo miedo, porque continuo leyéndote sin saltos de líneas, sin perderme ningún párrafo de ti. Puedo sentir que tu alma me busca. Busco un perdón menos frío como el primero, una oportunidad que solo esta en mi mente, un abrazo que no sea una despedida y un último beso que me haga despertar a tu lado.
