Para mi mente eres un error fatal, para mi cuerpo eres una pieza perfecta, para mi corazón eres el ideal y, para mi alma, eres el espejo de mi oscuridad.
Solo quedaban 30 minutos y un poco más para olvidarme completamente de ti, para dejar de ver tus ojos confusos y tu sonrisa perfecta, pero caí. Caí ante tus encantos pasivos a través de una conversación casual, provocada por la sed de respuestas; en donde yo, tontamente termino mandando el primer mensaje. Cediendo y cayendo. Falsamente deseo no tenerte, y digo falso, porque solo quiero estar anclada a tu cuello, pero no a través de súplicas, sino que de manera espontánea y honesta. Y me enferma saber que me doy una posibilidad, otra vez, de buscar en un rincón de tu corazón algo para mi, una migaja, y probablemente no haya nada porque, como lo comenta todo el mundo, ya estas con alguien.
Me culpo por no ser fuerte y mostrarme vulnerable ante ti en el último instante, luego de meses, en donde era mejor continuar refugiada en el silencio. Me cuesta comprender por qué te busco cuando estoy en medio de la oscuridad, quizás encontrarte ahí hace que no me sienta tan sola, aunque tu presencia inestable resulte siendo lo mismo, más ausencia y más carencia de mi misma por seguir buscándote.
Las dudas vuelven cuando mantengo tu intensa mirada, esa maldita mirada sigue siendo mi sentencia. Siendo las 18:15 pm, estoy al pendiente de tu respuesta, esperando que un brillo de pantalla me señale una respuesta tuya, para así reaccionar como una adolescente enamorada. Sin embargo, temo nuestro encuentro, porque no quiero que sea el último, odiaría verte por última vez, porque mi oscuridad necesita y quiere de ti. Enfermo, enfermo es todo esto. Enfermo es seguir esperando que me elijas genuinamente, sabiendo que no lo harás.
A las 19:28 pm, me respondes y el miedo es más grande que tu ausencia. El miedo detiene mis frías manos en querer agarrar el teléfono y dar una pronta respuesta a nuestra inquietud. Te acostumbraste a que yo estuviera siempre ahí, disponible, y la verdad, que palabra tan horrible, la he oído tantas veces que me la creo; ¿acaso es eso malo?.
Una ofrenda sin retribución. Algunos le dicen generosidad a través de la frustración o dolor por dicha espera, de ti, de lo que jamás tendré de ti. Una descompensación con sabor a vulnerabilidad y desvalorización. A veces, cuando te entregas a alguien que no te quiere de la misma forma, parece que vas dejando pedazos de tu ser en cada gesto, en cada palabra, sin que la otra persona vea lo que estás perdiendo. Es como si te desvanecieras un poco, sin que ni siquiera lo noten, y en esa entrega te olvidas de ti.
Dicen que es vital aprender a protegernos, a guardar pedacitos para uno mismo, a reconocer cuándo estamos dando demasiado y cuándo es el momento de frenar, para no quedar vacío mientras esperamos algo que no llena ni el corazón, ni el alma. Porque en esa vulnerabilidad, también merecemos ser vistos y cuidados, aunque el dolor en el pecho lo impida.
Porque, incluso con las cicatrices, seguimos siendo valiosos, y aunque el camino sea incierto, en algún lugar dentro de nosotros sabe que, a pesar de todo, merecemos estar completos. Y quién sabe, tal vez, en la fragilidad de los restos, se encuentre la fuerza para reinventarnos, para encontrar la paz que tanto necesitamos, o quizás... algo más.
.jpg)